Esa frase, tradicionalmente atribuida a Jorge Valdano, resume a la perfección la razón de ser que motiva la pasión de los fanáticos: “El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”.
Para quienes hemos seguido a un equipo y tenido el privilegio de asistir regularmente al estadio —cumpliendo el rito de ponernos la camiseta con devota fidelidad—, esa frase explica lo que se siente durante dos horas. Es el tiempo en que nos dedicamos a ver rodar el balón en un campo en el cual 22 jugadores luchan incansablemente para lograr un único objetivo el gol.
En esa tribuna hemos reído, gritado y llorado. Tal intensidad nos hace sentir que el equipo de nuestros amores o la selección nos pertenecen tanto como la bandera del país donde nacimos. Sin embargo, pocas veces somos conscientes de una realidad cruda pero cierta: esa pasión colectiva es también el motor de un negocio del cual no somos propietarios.
La pasión como modelo de negocio
Como cualquier empresa, el fútbol utiliza elementos de identidad para mantenerse en la memoria colectiva de sus seguidores y para crear un vínculo con ellos: colores, cantos, camisetas e ídolos.
Todos estos componentes son susceptibles de protección a través de la propiedad intelectual. Al final del día, estos activos intangibles son indispensables para que los clubes sean proyectos viables en lo económico y, en consecuencia, exitosos en lo deportivo:
Derecho de autor: Los cantos que resuenan en la tribuna, al ser creaciones artísticas con música y letra, pueden estar protegidos bajo esta figura.
Marcas: El nombre de los equipos, sus escudos y su indumentaria oficial se protegen como marcas. Y no solo para identificar la actividad deportiva; el merchandising (ropa, accesorios y artículos promocionales) es determinante para mantener viva la imagen del club y generar ingresos.
Los futbolistas: Los protagonistas del juego utilizan gestos que determinan su imagen y que los hace reconocibles en cualquier escenario.
En el mercado, todo aquello que le permite a un empresario diferenciarse de sus competidores e impactar en los consumidores es una herramienta de competitividad. El fútbol no es la excepción, especialmente si consideramos que mantener una nómina profesional y toda la estructura de soporte requiere inversiones millonarias.
El caso de los equipos "grandes" en nuestro país, maneja cifras que nos resultan exorbitantes. Un club de alta convocatoria puede registrar ingresos superiores a los $100.000 millones de pesos anuales. De estos, cerca del 40% proviene de taquillas y abonos, y casi el 25% de la venta de artículos deportivos. En contraste, los gastos enfocados exclusivamente en la nómina y la operación deportiva pueden ascender a los $70.000 millones de pesos al año.
El límite entre el amor y la explotación comercial
Comprar productos piratas o realizar cualquier actividad que interfiera con los derechos de propiedad intelectual de los clubes afecta directamente sus ingresos y, por lo tanto, frena su desarrollo deportivo.
Un hincha puede comprar y vestir con orgullo la camiseta de su equipo, pero su pasión no lo faculta para lucrarse comercialmente sin la autorización del titular. En el fútbol, el amor y los negocios van por caminos distintos, aunque tengan un mismo propósito.
Esta regla aplica también para la imagen de los jugadores. Los ídolos deportivos son dueños absolutos de sus derechos de imagen y de su explotación económica. Al ser un derecho personalísimo, nadie puede lucrarse de la imagen de un tercero sin su consentimiento; esto incluye cualquier característica que lo haga identificable, como la tipicidad en los movimientos o la postura característica de Cristiano Ronaldo antes de un tiro libre.
Hechos que pueden ser tan poco importantes desde nuestra perspectiva como ver partidos de futbol por medios no autorizados genera consecuencias en los ingresos de los equipos.
Una anécdota de la oficina
En una ocasión, asesoramos a un hincha fiel que había desarrollado una cerveza artesanal bautizada con el "alias" del equipo de sus amores. Fue difícil explicarle que su fidelidad —demostrada con tatuajes y viajes a cuanto estadio existiera— no lo hacía dueño de los derechos del club, ni le permitía explotar un signo idéntico o similar al escudo que tanto idolatraba.
Si el equipo hubiese permitido que esa cerveza ilegal continuara en el mercado, se habrían generado dos problemas graves: primero, una falsa asociación (donde el consumidor asume que el producto es oficial) y, segundo, un bloqueo legal que le impediría al propio equipo lanzar su línea de bebidas en el futuro.
La propiedad industrial en el fútbol no busca alejar al hincha, sino proteger el ecosistema que hace posible el deporte que amamos. Al final, cuidar los activos del equipo también es una forma de apoyar la camiseta.
En conclusión: El fútbol es mucho más que un juego que mueve fibras profundas. También es una industria altamente competitiva que requiere de una estructura jurídica sólida para ser viable. La propiedad intelectual no tiene como propósito distanciar al hincha de su pasión, sino proteger económicamente al club de sus amores. Comprender que la pasión por la camiseta y el respeto por los derechos de propiedad industrial van de la mano garantizan la sostenibilidad de una pasión.